Fotoperiodista Jaime Anaya. Estamos a mediados de diciembre y a pocos días de Navidad. En mi casa tenemos calendario y corona de Adviento, además de árbol navideño, y con eso tratamos de estar a tono con la época. Pero una imagen cruel me sacó de esta aura de felicidad que el Papa Francisco ha pedido que no nos dejemos quitar a pesar de la violencia que vive el mundo. Es una fotografía en blanco y negro. En ella se distinguen cuatro adultos y un niño, probablemente hay otro menor de edad sentado junto a unas mujeres.

Hay un niño de pie que está apartado del grupo que conversa y al que se le nota una gran pesadumbre. El niño está alejado poco más de un metro, dos quizás. Es el único que está de frente a la cámara pero no está viendo nada, no se ha dado cuenta de que hay un fotoperiodista que está registrando el momento. No ve nada el niño porque está solo, sumido en un dolor que lo supera, que seguramente no entiende y no sabe cómo soportarlo en su cuerpecito de quizás unos 5 años de edad. Está apoyado a la pared con su hombro derecho y la cabeza mirando hacia arriba, pero tampoco sin ver nada porque tiene los ojos cerrados, apretados por el llanto. Con su mano izquierda ha alcanzado a estrujar su mandíbula inferior y, aunque no se puede escuchar, es indudable que de su pequeña boca abierta está saliendo un grito, un llanto violento.

Al fondo de los adultos reunidos atrás de él apenas y alcanza a distinguirse una cinta, de esas que si la foto fuera a color se vería su color amarillo, de esas que usa la policía para acordonar una escena de homicidio. No sé si al niño le han asesinado a uno de sus padres, ni cómo se llama, ni el lugar en que el fotoperiodista sacó la imagen. Pero me rompió el alma. Es en estos momentos en que el alma, el espíritu, lo intangible se vuelve tangible y duele. Duele porque ese niño que está sufriendo desgarradoramente en esa escena lúgubre es el reflejo de una sociedad entera. Refleja con cruda veracidad algo que ocurre al menos 20 veces cada día en El Salvador. Y, como en la fotografía, no hay nadie dando un abrazo al niño, amándolo, tomándole su mano y tratando de llevarlo a un mejor lugar para protegerlo. Eso somos, esa sociedad somos. Y ese dolor, ese desamparo a este y a cientos de niños, no es algo cristiano. Mucho menos salesiano.

Justamente por eso cobran un mejor sentido las palabras del Papa Francisco con las que se anticipa a la Jornada Mundial de la Paz 2016. El tema que el Vaticano dice que se tocará a fondo es la “globalización de la indiferencia”, esa indiferencia en la que todos creemos que lo único que importa es tener resueltos nuestro bienestar y derechos y no nos preocupa si los demás, los más débiles, tienen resueltos los suyos. Tenemos deberes para con ellos y no es cristiano no asumirlos. “Vence la indiferencia y conquista la paz” es el título del mensaje que urge a “abrirnos a la compasión, la misericordia” y principalmente al compromiso que genera solidaridad, compromiso que lleva acción. No hay excusa. Cada uno de nosotros sabe dónde convertir en acción ese amor salesiano, cada uno sabe dónde buscar y si no es así, pues esta es la época perfecta para encontrarlo y hacerlo realidad.

“La paz es un don de Dios, pero confiado a todos los hombres
y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica”.
Papa Francisco

Compartir