Amemos a las madres para que ellas puedan amar a sus hijos... Las mamás son todo lo que sus hijos quieren. Así de claro me lo dijo mi hijo de 6 años y sus palabras siempre me acompañan. Sobre todo cuando escucho a mi compañera que se preocupa porque la hija está enferma y le tocará pedir permiso en el trabajo. Y suda más que antes de la cita para una citología.

Me retumba en el cerebro la frase de mi hijo cuando recuerdo que al volver al trabajo después de mi período legal de maternidad alguien me sugirió ir a sacar mi leche a uno de los baños de la oficina porque no había dónde hacerlo. Me entristecen las palabras de mi hijo cuando pienso en la comadre de mi amiga que ha pasado más de la mitad de su matrimonio tratando de estar a la medida de su esposo quien todo el tiempo le dice que se siente abandonado... y también le dice, cuando ella se esfuerza, que eso no durará y que está con ella solo por los hijos.

También escucho con pesar las palabras de mi niño cuando leo la historia de la mujer de Madrid, España, que tuvo que ser atada de brazos durante su cesárea que duró una hora luego de casi un día de sufrimiento y que, tristemente, el nacimiento de su primera hija es uno de los días más feos de su vida. Y me duele la sabiduría de mi hijo cuando veo una fotografía de una mamá a punto de quebrarse en mil pedazos por el llanto al recoger del suelo las monedas que llevaba su hijo al Instituto. Quedaron tiradas a la par del cadáver de su muchacho en un camino rural de El Salvador. Las mamás somos violentadas y eso nos enferma. Y si estamos enfermas afectamos a nuestros hijos... Y nuestros hijos son la sociedad.

Vivimos en una sociedad a la que no le importan las mamás. Que las trata casi con odio. Aunque hay excepciones en todo pero voy a enumerar solo algunas cosas con la certeza de que se me quedarán fuera muchos ejemplos. En los trabajos las mujeres no son mamás, solo son empleadas al servicio del patrono. No importan sus necesidades como madre ni las de sus hijos. Conozco a varias que salen de sus casas sin sol y llegan cuando ya se ha ocultado y, si tienen suerte, monitorean a sus hijos por teléfono. A otra que su hija ya se graduó de bachillerato pero no irá a la universidad porque es muy peligroso salir de casa por las amenazas de pandillas y el salario es escaso y no recibe aumento desde hace más de siete años.

Otra que para estar a tiempo en el trabajo tiene que dejar a sus hijos frente a la escuela sin que la hayan abierto y los deja casi sin ver atrás para no arrepentirse y, en el camino, no para de decir oraciones por el bienestar de su hija de parvularia y su hijo de primaria hasta que, por la tarde, habla por teléfono y sabe que ambos entraron a la escuela, recibieron clases y regresaron a casa.

En los trabajos, las mamás necesitamos seguir supliendo necesidades maternales: proveer a los hijos, acompañarlos en sus tareas, reuniones escolares, cuidados cuando se enferman. Todo eso sin que nos culpen o nos consideren trabajadoras de menor valía. En países del primer mundo las mujeres madres tienen menor exigencia de horas laborales a la semana sin que esto afecte su salario y también tanto madres como padres tienen derecho a un día de la semana a pasarlo en familia. En esos lugares está mal visto que los que tienen hijos estén en la oficina ya entrada la tarde o a la hora en que se supone deberían estar recogiendo a sus hijos en el colegio.

A la hora de dar a luz, en muchos lugares son frecuentes los abusos y la desconsideración. Principalmente en los hospitales públicos a los que acuden la mayoría de madres que ya en sus vidas cotidianas son víctimas de un sinfín de abusos. Por lo general, el personal médico se comporta de manera indolente con las parturientas y si son menores de edad o muy jóvenes las humillan. Solo el hecho de no explicar cómo hay que cambiarse de una cama a otra con el bebé ya saliendo del útero o de no permitir que una persona querida y de confianza acompañe a la mamá o que no se le pregunte cómo se siente o qué tipo de parto quiere tener o que no se le consuele ni anime si está experimentando mucho dolor son formas de abuso a las que todos estamos ya tan acostumbrados a escuchar y que hemos aceptado como normal o porque "ni modo".

Y el sufrimiento de las mamás que tienen que enterrar a sus hijos porque se los asesinaron de camino al instituto, a la tienda, en la casa, o trabajando... Ese dolor es extremo y lo estamos viviendo por decenas cada día. Si cada día hay más de 20 homicidios en El Salvador significa que cada día casi 20 madres tienen que reconocer a sus hijos en una calle, en una morgue y luego enterrarlos. El dolor lo viven por igual la mamá del estudiante y la mamá del delincuente. ¿Hay alguien atendiendo a todas estas madres? A las que no ven a sus hijos y no pueden acompañarlos porque solo pasan en el trabajo, a las que los tienen que dejar con quien sea porque trabajan dentro de una casa y salen a los quince días, a las que están desesperadas y los envían con coyotes para infringir leyes fronterizas y poder reunirse o poder salvarlos, a las que no se les permite un parto respetado y atención de cuidado para recibir a sus hijos por primera vez.

Ser mamá es algo más que un romanticismo, ser mamá también es permitir a las mujeres criar hombres y mujeres de bien. Permitirles sanarse, encontrarse con ese rol y que sepan que ser madre no tiene nada de reprochable. Los hijos abandonados emocional y físicamente por sus madres son nuestra sociedad. Si no cuidamos a sus mamás los condenamos a repetir y empeorar lo que nos aqueja en la actualidad. Amemos a las madres, para que las madres podamos amar a nuestros hijos.

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