Un Salesiano en Kosovo

Es un hecho que nuestra presencia está cuestionando a estos muchachos...Creo que una de las primeras preguntas que muchos me harán es ¿qué hago en Kosovo? Así que les cuento de qué se trata mi día a día. Por ratos me detengo a contemplar lo que vivo para caer en cuenta en donde estoy. Me gusta hacerlo por dos motivos: porque aprovecho para recordar cuántas dudas, cuantas oraciones, cuántas confesiones, cuántos consejos me trajeron aquí y porque aprovecho para agradecerle a Dios mi ‘hoy’.

Felicidad salesiana... Lo había comentado antes y ahora me detengo a contemplar la belleza de nuestra alegría. Alegría que pasa por ratos de teatro, de risa, de llanto y de música, llenando nuestras casas de fiesta, pintando nuestros corazones de gozo.

Una de las cosas que primero me llamaron la atención al venir a Gjilan es el hecho de ser estadísticamente una minoría. Viniendo de una cultura de tradición cristiano-católica, saber que de más de 130,000 habitantes sean solo 18 los católicos que conocemos, es un dato que impresiona. Existen algunos cripto-católicos que prefieren vivir su fe en secreto, pero el resto son, en su inmensa mayoría, musulmanes.

Han pasado ya varios días desde que llegué a “mi tierra prometida”. Ha sido una experiencia única, con una mezcla de sentimientos, oraciones y dificultades. Pero nada que me tome por sorpresa: sabía que enlistarme en una expedición misionera significaba comprometerse en una vida que no sería fácil.

Luego del envío misionero en Turín, los superiores me pidieron permanecer en Italia un tiempo corto que sirviera para afianzar el italiano y conocer la realidad de la inspectoría a la que pertenezco. Tuve la oportunidad de conocer no solo algunas casas, sino que a varios hermanos y jóvenes empeñados en la pastoral juvenil.