Teología del cuerpo. El cuerpo humano no puede ser despreciado, como si fuera pecaminoso. Tampoco puede ser idolatrado como si fuera sagrado en sí mismo.

 

Es despreciado cuando se piensa que el cuerpo es la cárcel del alma, algo malo de lo cual el alma debe liberarse.
El cuerpo humano es idolatrado por el físico-culturismo exagerado, o en los modernos concursos de belleza femenina.
El ser humano es unidad de cuerpo y espíritu (alma): alma encarnada y cuerpo espiritualizado.
El cuerpo es el medio que posibilita todo encuentro entre personas. A través de él, se revela la naturaleza espiritual de cada persona, que es imagen y semejanza visible del Dios invisible.
Todo esto es cierto no sólo para los cuerpos jóvenes, fuertes, hermosos y sanos, sino también para los cuerpos enfermos, envejecidos y débiles.
Dios se hizo hombre, luego tuvo un cuerpo de carne. En Jesús el cuerpo humano es dignificado hasta ser divino. El cuerpo de Cristo es manifestación de Dios: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).
Por la sagrada comunión, el cuerpo y la sangre de Cristo se hacen nuestro alimento espiritual. Todos comemos el mismo pan para formar un solo cuerpo con Cristo.
El cuerpo del cristiano es templo del Espíritu Santo.
Cristo resucitado “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3,21).
Dios creó al ser humano sexuado, es decir, varón y mujer, para que se complementaran por la unión amorosa (una sola carne), y se hicieran fecundos, o sea, colaboradores de Dios Creador en el origen de nuevos seres humanos.
De ahí las dos finalidades inseparables de la unión sexual humana: un medio al servicio del amor total de hombre y mujer, y un medio al servicio de la fecundidad humana.
El ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios-Amor trinitario. Dicha imagen de Dios se manifiesta mediante la unión amorosa que el hombre y la mujer formaron desde el principio.
La Biblia nos propone ser un solo cuerpo en el matrimonio (una carne).
El abrazo matrimonial no es meramente la unión de los cuerpos: es una comunión de dos personas. Pero dicha unión de personas sólo es posible a través del cuerpo. Esta comunión de personas en una sola carne es una representación de lo que ocurre en la vida íntima de la Trinidad: Tres personas que se aman tanto que no son tres dioses, sino un solo Dios. Análogamente el marido y la esposa ya no son dos sino uno solo. Ambas realidades (Trinidad y familia humana) pueden definirse como comunidad íntima de vida y amor.
El cuerpo humano se nos ha dado para amar a través de él.
Por eso no es bueno que el hombre esté solo. El ser humano solitario (el que no ama, el que de alguna manera no está integrado en una comunidad de amor), no es imagen de Dios.
La aparición de Eva en el Génesis representa la desaparición de la soledad original en que se encontraba Adán en medio de animales: “¡Finalmente -exclama- veo una persona a quien puedo amar!” Adán y Eva son personas creadas la una para el otro; o el uno para la otra.
A través de la desnudez original ellos supieron que habían sido creados para amarse mutuamente. Ella reveló la complementariedad de los cuerpos, hechos para fundirse por amor. La desnudez reveló que ‘podemos darnos a nosotros mismos mutuamente (incluyendo nuestros cuerpos), en una vida de entrega, una comunión de personas: el matrimonio’.
Este fue el único deseo que su cuerpo provocó en el principio, en los corazones de Adán y Eva: un deseo de amar como Dios ama. De ahí que ‘ambos estaban desnudos y no sintieron vergüenza’ (Gn 2,25).
La desnudez original nos habla del significado nupcial del cuerpo. Es decir, la capacidad del cuerpo para expresar amor, cumpliendo así el verdadero significado de la existencia del ser humano.
Esto es así porque ‘el hombre no puede realizarse plenamente a sí mismo si no es por la entrega sincera de sí mismo a los demás’ (GS 24).
Precisamente a través de nuestros cuerpos, y mediante nuestra sexualidad, nos damos cuenta de que hemos sido llamados a darnos a nosotros mismos.
A Eva y Adán, en su estado de inocencia original, su desnudez les reveló que estaban llamados a compartir el amor, siendo ‘regalo’ el uno para el otro.
Antes del pecado, éste era el verdadero sentimiento del deseo sexual: amarse en pareja, como Dios ama; entrega total que da fruto.
El primer hombre y la primera mujer no tenían deseo de ‘poseerse’ el uno al otro, sino de darse y recibirse mutuamente.
Si la sexualidad es un elemento básico de nuestra existencia en el mundo, ¿cómo hemos llegado a hacer de ella algo tan distinto?

(Continuará).

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