Foto de: ccaetanoEl ser humano es imperfecto. En su corazón se debate lo noble y lo mezquino. Por eso, la convivencia con sus semejantes está plagada de malos entendidos, roces, heridas, agresiones. Es el pan de cada día.
De allí la necesidad de cultivar la buena salud del alma. O sea, sanar las heridas mediante el recurso del perdón.

Foto de: AnelinaCuando una persona lastima, hiere o comete una trasgresión que afecta a otra, esa acción crea, de alguna manera, una deuda interpersonal. Perdonar supone en cierta forma su cancelación, proceso que puede concretarse por canales diversos: cognitivos, afectivos, conductuales, psicosociales.

Foto de: LisafxCada vez que somos perdonados nuestro corazón renace, es regenerado. Solo cuando somos amados podemos amar a nuestra vez. Si queremos avanzar en la fe, ante todo es necesario recibir el perdón de Dios; encontrar al Padre, quien está dispuesto a perdonar todo y siempre, y que precisamente perdonando sana el corazón y reaviva el amor. Jamás debemos cansarnos de pedir el perdón divino, porque sólo cuando somos perdonados, cuando nos sentimos perdonados, aprendemos a perdonar.

Foto de: JazzikovUna tarea exigente y difícil que Jesús nos propone es perdonar. Instintivamente nos retraemos ante la perspectiva de perdonar a alguien que nos ha hecho daño.
¿Por qué tengo yo que perdonar si soy la víctima? ¿No estará Jesús pidiendo demasiado? ¿No es acaso humillante perdonar? ¿No hago yo el ridículo perdonando al agresor?

Foto de: Photography33La familia es un gran gimnasio de entrenamiento en el don
y en el perdón recíproco sin el cual ningún amor puede ser duradero.
Sin entregarse y sin perdonarse el amor no permanece, no dura. En la oración que Él mismo nos enseñó —es decir el Padrenuestro— Jesús nos hace pedirle al Padre: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Y al final comenta: «Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará el Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre perdonará sus ofensas» (Mt 6, 12.14-15).

hijoProdigoEs difícil perdonar. Cuanto nos cuesta perdonar a los demás. Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar – o, al menos, tener la voluntad de perdonar – para experimentar en carne propia la misericordia del Padre.

Foto de: kranich17Cuando Dios perdona, su perdón es tan grande que es como si olvidase. Una vez que estamos en paz con Dios por su misericordia, si le preguntáramos al Señor: - Pero, ¿te acuerdas de esa cosa fea que he hecho?, la respuesta podría ser: - ¿Cuál? No me acuerdo...».

Foto de: KlannekeEl adulterio, junto a la blasfemia y la idolatría, era considerado un pecado gravísimo en la ley de Moisés, sancionado con la pena de muerte por lapidación. El adulterio, en efecto, va contra la imagen de Dios, la fidelidad de Dios, porque el matrimonio es el símbolo, y también una realidad humana de la relación fiel de Dios con su pueblo.

Foto de: BSCAMUna vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera.

Foto de: michal jarmolukLos efectos públicos son parte del perdón actualizado por Jesús en la escena de Zaqueo (Lc 19,1-10).

Foto de: GilmanshinSaber perdonar es un arte del espíritu. Comporta, como mínimo, dos cosas. Una es aceptar y entender al agresor. Esto no significa justificar algo que puede ser terrible; significa no derivar la experiencia de la agresión en odio al agresor, sino en entender al que hace el mal como persona, incluso en su malicia.

El perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal.
Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34).