Nino MussioLos oratorios ya existían, también en Turín, Allí Don Juan Cocchi, sacerdote dinámico y emprendedor, había fundado el llamado del Ángel Custodio, en el barrio de Vanchiglia.

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El 25 de octubre de 1835 Juan Bosco viste por primera vez la larga túnica negra que ya no abandonará más. Será su uniforme para siempre. Pero viste también otro hábito, invisible a los ojos, como explicará: “Desde aquel día tenía que ocuparme de mí mismo. La vida que había llevado hasta entonces debía ser reformada radicalmente”.

Se da nuevas reglas, algunos propósitos a realizar cada día para ser digno de esa túnica: evitar ciertos locales públicos y las exhibiciones de prestidigitadores y saltimbanquis; practicar el recogimiento y la templanza; hacer solo lecturas religiosas, hacer meditación y lectura espiritual cada día; contar ejemplos edificantes. Un programa exigente, resumido en las recomendaciones de la madre, quien le recuerda que el verdadero hábito del sacerdote es la práctica de la virtud. Con este viático, el campesino ya veinteañero de I Becchi se encamina al seminario de Chieri

El 3 de noviembre de 1835 el clérigo Bosco traspasa la entrada del seminario de Chieri. Los días del seminario son más o menos siempre iguales. Jornadas laboriosas, pesadas, monótonas. A pesar de ser un tiempo de crecimiento y compartir con sus compañeros, a los cuales llegó a querer mucho, Juan lamentará la lejanía de los superiores respecto a los estudiantes. Encerrados en sus despachos, sin contacto, salvo para reprender o regañar: ciertamente que eso no sucede solo en ese seminario; casi en todas partes se exige a los eclesiásticos actitudes se separación y reserva, para evitar contaminaciones mundanas.

En otoño de 1836 llega también al seminario su amigo del instituto, Luis Comollo. Él no es ciertamente un compañero peligroso, al contrario, se comporta como un santo. Su piedad, su fervor, su profundísima fe, con devociones y penitencias hasta excesivas, conquista a todos, y a Juan Bosco en particular. Este intenta ofrecerle también momentos de serenidad y distracción, interesándole en una nueva especie de Sociedad de la Alegría que ha creado entre aquellos austeros muros. Pero Comollo parece no tener ningún interés por lo que se mueve en torno a él. Con Juan son inseparables, aunque este continuó sin aprobar todas sus austeridades, por más que condividiera las convicciones relativas a los deberes del buen seminarista y a las responsabilidades interiores y exteriores de la vida sacerdotal.

La precaria salud y la tensión espiritual hacen que Luis Comollo enferme en otoño de 1838: él está seguro de morir en un año. El 25 de marzo de 1839 llega la crisis final y muere el 2 de abril, a la edad de veintidós años, acompañado por un pensamiento repetido muchas veces: “Lo que me aterroriza es tener que presentarme al gran juicio de Dios”. Juan Bosco contará en las Memorias del Oratorio que él y Luis habían hecho un pacto: el que muriera primero debería volver para hacer saber al otro su destino eterno. Dos noches después de la muerte de Comollo, un fragor espantoso trastornó el dormitorio de los seminaristas y después se oyó la voz de Comollo: “!Bosco, Bosco, Bosco, me he salvado! Muchos años después, Don Bosco escribiría: “No daría nunca más a otros un consejo de este tipo. Estemos bastante seguros de la existencia del alma, sin buscar otras pruebas. Bástenos lo que nos ha revelado nuestro Señor Jesucristo”.

Retomado de: Don Bosco una historia siempre actual. Domenico Agasso


Ediciones de Don BoscoEn marzo de 1853 comenzó Don Bosco la publicación periódica de las “Lecturas Católicas”, según cuenta en sus Memorias.

San Francisco de SalesDon Bosco, en el Reglamento del Oratorio de San Francisco de Sales que redacta en 1854, describe en el prólogo la finalidad de su proyecto:

“Este oratorio está puesto bajo la protección de san Francisco de Sales para indicar que la base sobre la que esta Congregación se apoya debe ser la caridad y la dulzura, que son las virtudes características de este santo”.

bracelonaEl fiel secretario Viglietti nos ha dejado un testimonio vivo y detallado del triunfal viaje de Don Bosco a Barcelona. Casi al final de su vida, en 1886 --dos años antes de morir--, nuestro padre decide hacer un largo viaje a la Ciudad Condal con el objeto de seguir recaudando fondos entre las familias burguesas de Barcelona para sostener su obra y conseguir adhesiones a su proyecto.

Ofrecía oportunidades para desarrollar potencialidadesDon Bosco se empleó con todas sus fuerzas para abrir futuro en la vida de muchos jóvenes que habían perdido toda esperanza. Siendo joven sacerdote, vio, escuchó, supo captar la realidad social y ponerse manos a la obra para tratar de paliar los efectos desastrosos de una Revolución Industrial que estaba dejando en la cuneta a los hijos de nadie.

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En pleno desarrollo y maduración de su obra en Valdocco, Don Bosco abre sus primeros talleres entre 1853 y 1856. Son talleres de zapatería, sastrería, encuadernación y, algo más tarde, también de carpintería.

Hasta ahora, sus muchachos aprendices habían frecuentado diferentes talleres en la ciudad en los que Don Bosco los colocaba al cuidado de algún patrón que los iniciaba en el oficio.

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De todos es sabido el amor de Don Bosco por la madre del Señor invocada como Consolación, Inmaculada y –sobre todo- Auxilio de los cristianos. Así lo vivió desde muy pequeño en I Becchi y así lo transmitió a sus muchachos en el Oratorio cuando María era sentida como de casa, la madre de todos los días que nunca abandona a sus hijos.

Conociendo a DB 2Para Don Bosco, decir “joven” era pensar en las condiciones necesarias para afrontar la vida en tiempos de especial necesidad y abandono. Don Bosco es un sacerdote educador que entendió muy bien que solo se puede educar si la persona está en las circunstancias adecuadas para realizar el camino. Por eso, educar conllevaba para Don Bosco la atención a todas las carencias físicas y psicológicas de sus jóvenes: pan para vivir, ropa que vestir, un techo donde cobijarse y el afecto de un padre que se cuida de sus hijos.

Foto: Francis StorrCorría el año 1852 cuando en Turín, una tarde de primavera, una explosión atronadora rompía en dos la ciudad y sumía en el caos y la destrucción el barrio Dora, muy cerca de Valdocco. Estalló causando enormes destrozos el polvorín militar. Hubo 28 víctimas y numerosas pérdidas materiales.

Don Bosco se encontraba en los primeros años de su obra y estaba construyendo la iglesia de San Francisco de Sales en el Oratorio porque la capillita Pinardi se había quedado pequeña para albergar a los jóvenes de la casa. Aunque hubo algunos destrozos, techos caídos y ventanas rotas, no se tuvo que lamentar grandes pérdidas. El armazón de la nueva iglesia, todavía por concluir, no sufrió daños importantes.

tm13 verAquel día Mamá Margarita decidió ponerse manos a la obra. Los primeros jóvenes que fueron hospedados en casa de Don Bosco daban qué hacer. Se arremangó y comenzó pacientemente a cultivar la tierra. El prado que circundaba las viviendas de la casa anexa a la capilla Pinardi se fue convirtiendo, poco a poco, en un pequeño y fecundo huerto. Campesina experimentada, la madre de Don Bosco sabía que era necesaria la paciencia para trabajar la tierra y hacer crecer el fruto. Pimientos, cebollas, tomates, habichuelas… se convirtieron en el menú más apreciado de aquellos muchachos hambrientos. Nos dice Félix Reviglio recordando aquellos primeros años:

“En la comida y en la cena teníamos sopa y pan; y podíamos recoger en el huerto la verdura que nos servia de acompañamiento”.

donruaFundada la Congregación Salesiana en 1859 y tras una rápida y asombrosa expansión, la tarea de Don Bosco se centró en la consolidación de la obra naciente y en su proyección hacia el futuro. Se trataba, sobre todo, de asegurar la identidad carismática del proyecto que Dios le había confiado.