Yo no creo en los milagros Estando Don Bosco en Porto Mauricio, fue a visitar, acompañado del abogado Ferraris, a la señora María Acquarona, soltera, que, con una enfermedad incurable en la espina dorsal, guardaba cama desde hacía diez años.

Estaban con ella una hermana y el cuñado, abogado Ascheri, quien le explicó la naturaleza y las circunstancias de la enfermedad, de la que los médicos no daban esperanzas de curación. Don Bosco la animó a confiar en la Santísima Virgen, la bendijo y le señaló unas oraciones para que las rezara a continuación. De allí pasó a otra habitación, donde se entretuvo un rato hablando con los dos abogados. En el momento en que se despedía, se presentó la enferma vestida, diciendo que ya no sentía ningún dolor. El abogado Ascheri empezó a gritar: ¡milagro!, y todos fueron presa de una intensa emoción.

Después de tantos años sin haber podido dar un paso, la señora caminaba expeditamente. Acompañó a Don Bosco hasta la puerta y le aseguró que iría a la estación a despedirlo; él, en cambio, le recomendó que no se dejará ver por la ciudad para no llamar la atención.

La noticia del suceso conmovió a todos y se extendió rápidamente por la ciudad. Cuando Don Bosco llegó a la estación, efectivamente, la señora estaba ya allí. Todos la contemplaban estupefactos, sin poder dar fe a sus propios ojos. Ella esperaba a Don Bosco para poder renovarle su agradecimiento. Al llegar el tren, el abogado Ascheri pidió en voz alta a Don Bosco que diera su bendición a los presentes. Todos se arrodillaron para recibirla. Después subió al tren directo a San Remo, acompañado de don Francisco Cerruti.

Los pasajeros habían querido saber en la breve parada el porqué de tanto gentío y apenas se puso en marcha, todos hablaban de lo visto, dando cada cual su opinión. Un joven del departamento en el que se encontraba Don Bosco exclamó:

  • Yo no creo en los milagros ni en Dios.
  • Pero usted creerá en hechos comprobados por testigos - replicó Don Bosco. No sería razonable obrar de otro modo.

Y empezó a contarle cómo aquella señora se había curado repentinamente con una simple bendición. El joven escuchaba con atención y Don Bosco, cuando terminó de contar lo sucedido, le preguntó cómo explicaría él la cosa sin admitir la intervención de lo sobrenatural; y apremiándole después con unas sencillas razones sobre la existencia de Dios, terminó preguntándole:

  • Entonces, ¿hay alguien por encima de nosotros?
  • No hay más remedio que admitirlo, contestó.
  • Por consiguiente…
  • Yo no quiero pensar en ello.
  • Pero, ¿y por qué?
  • Porque… porque no quiero cambiar de vida; se lo digo francamente. Pero, ¿quién es usted?
  • No hace falta saberlo, le respondió Don Bosco, a quien ninguno de los presentes conocía. 

Y se levantó para bajar del tren, pues ya habían llegado a San Remo.

Volvía don Bosco a San Remo para dar una conferencia, anunciada cinco días antes con una circular suya para aquellos «beneméritos ciudadanos». Habían llegado a faltar los medios para proseguir la edificación en la vecina Vallecrosia; y, para agenciar recursos, había constituido una comisión de treinta y seis señores y señoras de la localidad, dispuestos a postular entre sus conocidos. Ellos hicieron también la propaganda para atraer gente que escuchara a don Bosco, y se palpó su efecto. En aquel balneario habían sembrado abundantemente los protestantes la indiferencia religiosa; y, sin embargo, se llenó la iglesia de San Siro y hasta la misma plaza se colmó de gente ansiosa de oír a don Bosco. El teólogo Margotti, que era de San Remo y conocía muy bien su ciudad natal, llegó a decir que el haber logrado reunir a tanta gente para su sermón, en una población tan fría para las prácticas religiosas, le parecía uno de los milagros más grandes realizados por don Bosco.

MBe XV, 131-133

 

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