El ejemplo de Don Bosco inspira a vivir la vocación militar con empatía, fraternidad y servicio. Es increíble cómo alguien puede trascender el tiempo y el espacio. Una persona que nació en Castelnuovo d’Asti, I Becchi, Italia, el 16 de agosto de 1815, puede impactar de manera tan profunda en la vida de un joven de Tegucigalpa, Honduras, allá por el año 2008.

Giovanni Melchiorre Bosco Occhiena, Don Bosco, es sin lugar a dudas mi santo favorito. Su ejemplo ha sido y seguirá siendo el modelo de ser humano en el que me gustaría convertirme y por el cual quisiera ser recordado.

Su Sistema Preventivo funciona, y doy fe de ello. La razón, la religión y el amor forman un trinomio perfecto. En esta propuesta educativa no se trata de enseñar la fe y la razón de manera aislada; el amor es el cemento que une y potencia ambas, creando un resultado que va más allá de lo meramente educativo. La disciplina, la empatía y la guía de los educadores, impulsadas por el amor, se convierten así en una fuerza verdaderamente transformadora.

Este sistema actúa de manera silenciosa, casi subliminal, porque su influencia no es directa ni impositiva, sino profunda. En lugar de imponer, propone; en lugar de castigar, previene; en lugar de aleccionar, acompaña.

El trinomio de Don Bosco es, en esencia, una forma de comprender cómo el amor transforma la educación en una experiencia que moldea el carácter y el alma, y cuyo impacto se percibe con el tiempo, aunque al inicio parezca casi imperceptible.

En lo personal, uno de los sueños más grandes de mi vida es entrelazar este Sistema Preventivo dentro de un entorno que tradicionalmente ha funcionado desde un sistema represivo: el de los cuarteles. Allí, la razón se manifiesta en la disciplina, la obediencia, la estrategia y el cumplimiento de las órdenes. Es la estructura que garantiza el orden y la eficacia.

La religión se expresa en la convicción de un propósito superior: servir a la patria y a los ciudadanos. Es aquello que da sentido y fortaleza a cada una de nuestras acciones.

Y el amor se traduce en empatía, fraternidad y respeto mutuo. Es el reconocimiento de que, detrás del uniforme, hay un ser humano con sueños, miedos y esperanzas. Es lo que permite que la disciplina no sea una imposición fría, sino una herramienta para el crecimiento mutuo.

Cuando este “trinomio” se vive en el cuartel, se crea un ambiente donde los subalternos no se sienten simplemente disciplinados, sino comprendidos y valorados. La obediencia deja de ser solo una obligación y se convierte en una expresión de confianza y respeto. Los superiores no son únicamente figuras de poder, sino líderes que inspiran y guían con el ejemplo. Es en este ambiente donde la santidad en la vida cotidiana se vuelve posible.

La santidad, en este contexto, no significa ser perfecto ni ajeno al mundo, sino vivir con coherencia y propósito, incluso en las situaciones más difíciles. Es la búsqueda de la virtud en cada acción.

En el mundo militar, esto podría traducirse en:

  • Servir con humildad, reconociendo que el servicio es para los demás y no para la gloria personal.
  • Actuar con integridad, siendo honesto incluso cuando nadie está mirando.
  • Liderar con empatía, comprendiendo que el verdadero poder reside en inspirar y no en dominar.
  • Vivir con fraternidad, cuidando de los compañeros y viendo en cada uno a un hermano.

Para mí, el cuartel puede ser un lugar donde el deber se une con la vocación y la disciplina con la empatía. Es una visión que eleva mi servicio militar a una misión espiritual, donde cada acto se convierte en una oportunidad para vivir con un ideal.

Amo ser militar y salesiano.

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