Un viaje a la luna que no nos aleja de Dios Hace poco leí algunas noticias sobre la misión Artemis II, ese viaje en el que cuatro astronautas volvieron a rodear la Luna después de tantos años sin que una tripulación humana se alejara tanto de la Tierra y confieso que, más allá de los datos científicos, algo me quedó dando vueltas por dentro. Porque uno puede leer la noticia así, rápido: una nave que hizo una misión a la Luna, etc. Pero si uno se detiene un poco, aparece una pregunta más honda. ¿Qué siente el ser humano cuando mira la Tierra desde tan lejos? ¿Qué pasa en el corazón cuando nuestro planeta deja de ser el mundo entero” y se convierte en una pequeña esfera suspendida en la oscuridad?

Bueno, ¿por qué hablo de esto? Porque a veces pensamos que la fe y la ciencia viven peleadas, como si mirar al cielo con un telescopio nos alejara de Dios, pero yo creo que puede pasar exactamente lo contrario, a veces, mientras más lejos llega el ser humano, más vuelve a sentir la misma pregunta que ya estaba en la Biblia desde hace siglos: Al ver tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Sal. 8,4-5).

Esa pregunta del salmo me parece impresionante porque el salmista mira el cielo, contempla la luna, las estrellas, la inmensidad, y no dice: qué grande soy”, tampoco dice: no valgo nada”, dice algo que también debería brotar en nuestro corazón: ¿quién soy yo para que Dios se acuerde de mí?

Ahí está una de las claves de la fe bíblica, el ser humano es pequeño, sí, pero no es basura, es frágil, pero no está abandonado, es polvo, pero un polvo amado. En hebreo, el ser humano es adam, ligado a la adamah, la tierra, el suelo. Es decir, somos seres tomados de la tierra, no somos dioses, pero al mismo tiempo, Génesis dice que Dios sopla en el ser humano aliento de vida (Gn. 2,7). Somos tierra con aliento, fragilidad habitada por un misterio.

Por eso, cuando escucho hablar de Artemis II, no pienso que la humanidad esté “compitiendo” con Dios, no, más bien pienso que el ser humano está usando una inteligencia que también ha recibido. Investigar, explorar, construir, calcular, arriesgarse, conocer mejor el universo, todo eso puede ser una forma hermosa de vivir la vocación humana. El problema no está en llegar lejos, el problema sería llegar lejos y olvidar quiénes somos.

Porque también hay que decirlo: la Biblia nunca presenta al ser humano como dueño absoluto de la creación, en Génesis 2,15 se dice que Dios puso al hombre en el jardín para cultivarlo y cuidarlo y eso quiere decir que no estamos aquí para devorar la creación, sino para custodiarla, no somos propietarios caprichosos del mundo; somos responsables de una casa que se nos ha confiado.

Y quizá por eso me conmueve tanto imaginar a esos astronautas viendo la Tierra desde la distancia, desde allá no se ven las fronteras como nosotros las dibujamos, no se ven las guerras con las que nos destruimos, no se ven los orgullos, las divisiones políticas, los rencores familiares, se ve una casa común, frágil, luminosa, suspendida en medio de una inmensidad que no controlamos.

Y entonces es cuando se llega a entender que a veces necesitamos mirar la vida desde lejos para valorar lo que tenemos cerca. Necesitamos alejarnos un poco para descubrir que esta Tierra no es simplemente el lugar donde vivimos”, sino un don, necesitamos mirar el cielo para recordar que no somos el centro del universo y contemplar la creación para volvernos más humildes, no más soberbios.

San Pablo dice en la carta a los Colosenses que todo fue creado por Cristo y para Cristo (Col. 1,16). Esto no significa que las estrellas sean adornos religiosos ni que la fe sustituya a la ciencia, significa  que el universo no está vacío de sentido, que la realidad no es solamente materia fría, que hay una Palabra, un Logos, una razón amorosa sosteniendo todo lo que existe.

Y aquí me parece que la fe cristiana tiene algo muy bello que decirle al mundo moderno, la fe no nos pide apagar la razón, no nos dice: no investigues, no preguntes, no avances”, al contrario, la fe nos pide usar la razón con humildad, nos pide que la inteligencia no se vuelva soberbia, que la técnica no se vuelva ídolo, que el progreso no olvide a los pobres, que la exploración del espacio no nos haga indiferentes al sufrimiento de la Tierra.

Porque podemos llegar a la Luna y seguir sin saber amar al que tenemos al lado, podemos construir naves impresionantes y no saber perdonar en casa, podemos enviar seres humanos al espacio y seguir dejando solos a los jóvenes, a los ancianos, a los migrantes, a los pobres. Entonces la pregunta no es solo: ¿hasta dónde puede llegar el ser humano? La pregunta es: ¿qué clase de ser humano está llegando tan lejos?

Y aquí vuelvo al Salmo 8. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” No es una pregunta científica, pero tampoco es una pregunta sin sentido, es la pregunta que aparece cuando la razón ya hizo sus cálculos y el corazón todavía sigue despierto.

Yo creo que Artemis II no demuestra a Dios como quien resuelve una ecuación, pero sí nos devuelve una pregunta y a veces una buena pregunta puede abrir más camino que muchas respuestas rápidas. La Luna no nos aleja de Dios, tal vez nos ayuda a mirar mejor, nos recuerda que somos pequeños, pero llamados, que somos frágiles, pero amados, inteligentes, pero necesitados de sabiduría, somos capaces de tocar el cielo, pero todavía llamados a cuidar la tierra.

Y quizá esa sea la gran lección: antes de conquistar otros mundos, necesitamos aprender a habitar este con más ternura, más humildad y más esperanza. Porque el universo puede dejarnos sin palabras, pero la fe nos enseña a convertir ese silencio en oración.

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