educar-como-DB-1Los jóvenes saben que hay técnicas para “conquistar” a una persona: tienen que ser amables, atentos, corteses. No se trata de seducir o de engañar. Se trata de demostrar a la otra persona qué única e importante es para nosotros. ¿Por qué no hacer lo mismo con los hijos? Creo que es algo muy necesario, especialmente con los hijos adolescentes.

 

Espera, papá, espera.

El padre había aprendido que muchos conflictos que se tienen con los hijos se solucionan más fácilmente en una pizzería. Durante el año, había llevado varias veces, fuera de casa, a su hija mayor, para tener una especie de “encuentros padre-hija”. Y había decidido hacer lo mismo también con su hija menor.

educardb2Todos los padres y madres saben que  deben ofrecer a sus hijos e hijas  principios claros, precisos,  que sirvan para triunfar en la vida.  Son puntos de referencia, seguridades, una brújula. Aunque hoy se hace difícil la transmisión de los valores de una generación a otra, un hijo  que oye a sus padres insistir sobre  estos puntos les estará agradecido  porque comprenderá el esfuerzo espiritual y ético que han realizado para orientarlo en el mundo.

Es un  regalo de un poco de inmortalidad  que quedará impreso e infundirá  energía. De ese modo, cuando desaparezca un padre, estará siempre  presente. He aquí algún ejemplo.

La confianza en sí mismo, el sentido de identidad. Nuestro hijo o hija ha de tomar en sus manos el timón  de su vida y escoger la ruta. Esta  vida es su única posibilidad aquí  abajo: no debe copiarla de otros, ni  llorar por lo que no tiene. Necesita una meta y saber que puede llegar a ella y que encontrará en sí  mismo la fuerza para hacerlo.

educardb1Dos gorriones tomaban el sol  beatíficamente en el mismo  olivo. Uno, acomodado en  lo alto del olivo; el otro, más abajo,  en la bifurcación de dos ramas. Después de un rato, el gorrión que estaba arriba, como para romper el hielo, dijo: “¡Qué bonitas son estas hojas verdes!”.
El que estaba abajo lo tomó como una provocación. Y respondió  de forma áspera: “¿Pero estás ciego?  ¿No ves que son blancas?”.  El de arriba, despechado, le soltó:  “¡El ciego eres tú! ¡Son verdes!”.  Y el otro, desde abajo, con el pico  en alto, espetó: “¡Son blancas! No entiendes ni pío. ¡Estás loco!”.

El gorrión de arriba sintió que le  hervía la sangre y, sin pensarlo dos  veces, se lanzó sobre el adversario para darle una lección. El otro no se  movió. Cuando estuvieron cerca, uno  frente al otro, con las plumas del cuello enhiestas por la ira y antes de comenzar el duelo, tuvieron la sensatez  de mirar en la misma dirección hacia arriba.

Al pajarito que venía de allí se le escapó un “¡Oh!” de asombro: “¡Es  verdad! ¡Son blancas!”. Entonces le  dijo a su amigo: “¿Por qué no vienes  arriba donde estaba yo antes?”.  Volaron a la rama más alta y esta  vez dijeron los dos juntos: “Son verdes”.

Muchos sufrimientos de los seres humanos, grandes y pequeños, los  provoca eso que llamamos “incomprensión”. La comprensión es, ante todo, una actitud mental, un fruto de  la voluntad, una de las voces más  significativas del verbo amar.

educardb1Educar en el sentido de confianza en sí mismo y en los otros es una de las dimensiones fundamentales que se deben transmitir a los hijos e hijas. No es sencillo, porque muchos padres y madres caen fácilmente en el error de la sobreprotección.
Una madre sobreprotectora es una madre aterrorizada: tiene miedo de que pueda sucederle algo a sus hijos, si los pierde de vista. Intenta protegerlos de los peligros, cosa natural y normal. Pero se excede: ve aparecer peligros potenciales por todas partes. El deseo maternal de proteger a los niños de todo posible daño puede tener un efecto negativo: hacer que se mantengan débiles y dependientes.

El segundo motivo que se esconde detrás de una protección excesiva es la duda profunda que experimentan algunos padres sobre si ellos mismos tienen la capacidad de afrontar los problemas; quienes sienten el peso de esa duda en sus propias vidas, desconfían de la capacidad que tienen sus hijos para cuidar de sí mismos.

educardb1Educar en el sentido de confianza en sí mismo y en los otros es una de las dimensiones fundamentales que se deben transmitir a los hijos e hijas. No es sencillo, porque muchos padres y madres caen fácilmente en el error de la sobreprotección.
Una madre sobreprotectora es una madre aterrorizada: tiene miedo de que pueda sucederle algo a sus hijos, si los pierde de vista. Intenta protegerlos de los peligros, cosa natural y normal. Pero se excede: ve aparecer peligros potenciales por todas partes. El deseo maternal de proteger a los niños de todo posible daño puede tener un efecto negativo: hacer que se mantengan débiles y dependientes.

El segundo motivo que se esconde detrás de una protección excesiva es la duda profunda que experimentan algunos padres sobre si ellos mismos tienen la capacidad de afrontar los problemas; quienes sienten el peso de esa duda en sus propias vidas, desconfían de la capacidad que tienen sus hijos para cuidar de sí mismos.

educardb1Una investigación ha llegado a determinar que la persona común escucha durante 17 segundos antes de interrumpir y tomar la palabra. Esta práctica puede ser calificada como escucha egocéntrica, y no favorece una conversación constructiva. En cambio, la verdadera escucha genera un clima positivo, que estimula a tu interlocutor a escuchar lo que tú quieres decirle.

El encanto irresistible de Don Bosco provenía también de su capacidad de escuchar. Por eso, gozaba de la confianza de todo aquel con quien se encontraba.

Catorce Sencillos Consejos
Escucha con los ojos.
Presta atención exclusiva a la persona con la que estás hablando: apaga el televisor, cierra el libro o la revista que estabas leyendo y míralo a los ojos. Ese contacto visual significa: “Lo que estás diciendo es importante para mí”.

En la adolescencia, los hijos cambian. Por tanto, deben cambiar también los padres.La adolescencia es un período de crisis, más para los padres y madres que para los hijos e hijas. Comienza cuando los hijos manifiestan a sus padres que ya no tienen necesidad de ellos: " ¡Es asunto mío!", dicen presumiendo.

Los muchachos, estos nuestros jóvenes filósofos, sentencian : "El asunto es si yo todavía necesito que mis padres intervengan en estas cosas". Cuando los hijos hablan así, no están tocando las trompetas de la revolución: sencillamente recuerdan a su padres, con buena intención, que ha llegado el tiempo de retirarse de la línea del frente para iniciar una etapa distinta de la vida en común. Cuanto más tiempo tarden los padres en comprenderlo, más fuerte harán oír su voz los hijos. La educación no es una estructura estática, sino algo que crece y se desarrolla, que va madurando.