Palabras horizontales y palabras verticales ¡El poder de las palabras es enorme! Decir una palabra es, de hecho, transmitir un pensamiento, un sentimiento, un valor. ¡Por eso la palabra es la alimentación psicológica más rica!

Hay una enorme diferencia entre un niño que solo oye palabras como comer, beber, vestirse y un niño que también oye “deber”, ”sacrificio", “perdón”, “justicia”, “paz”, “Dios”.

El primero pensará que en la vida basta con hacerse “grande”; al segundo se le invitará a hacerse “grande”.

El famoso escritor búlgaro Elías Canetti (Premio Nobel en 1981) reconocía abiertamente que había sido “construido” por las palabras de su madre, una mujer culta y orgullosa. Huérfano de padre desde muy temprana edad, recuerda las tardes que pasaba con su madre leyendo y concluye: “¡Yo estoy hecho de esas palabras!”. 

Sí todos “somos una conversación”, como dice el acertado título de un libro del psiquiatra Eugenio Borgna. Sí: ¡vivimos según las palabras que tenemos en la cabeza! Por eso los padres contracorrientes son especialistas en hablar con sus hijos. Nunca utilizan palabras invalidantes: “¡Estúpido!”. “Torpe”. “¿Quién te crees que eres?”... Esas no son palabras, son piedras que aplastan el yo del hijo, hieren su autoestima, con todas las graves consecuencias que ello conlleva.

Los padres contracorrientes utilizan palabras alentadoras: “¡Bien hecho!”, “¡Estamos orgullosos de ti!”, “¡Lo conseguirás!”... También utilizan palabras que hoy en día suenan fuera de lugar: “sacrificio”, “silencio”, “renuncia”, “deber”... Estos padres utilizan palabras verticales, es decir, palabras que nos invitan a elevarnos, a “crecer”. Se centran especialmente en estas, porque las consideran uno de los primeros deberes para salvar la educación de los hijos.

De verdad: ¡una de las primeras obligaciones! ¿Qué les decimos hoy a nuestros hijos? Les decimos que es “pecado” tener las axilas sudadas, mal aliento, ropa descuidada, caspa en el pelo… Les proponemos jabones, dentífricos, desodorantes y pastillas… Les enseñamos que la vida es un tiempo que se nos concede para dedicarlo a comprar una felicidad que parece esconderse en cajas y botes “al vacío”. Pues bien, esto es una falta causada por la ausencia de palabras verticales, de mensajes que apunten a un sentido más profundo de la vida.

 

Un estímulo continuo

¡Los jóvenes tristes, desorientados e inseguros están aumentando considerablemente!

El estímulo es el aspecto más importante en la educación del niño; es tan importante que su ausencia puede considerarse la causa fundamental de ciertas anomalías en el comportamiento. Un niño que se comporta mal es un niño desanimado. De hecho, la infancia necesita un estímulo continuo, al igual que una planta necesita agua: hay que estimularla para que crezca, madure y adquiera la seguridad de sentirse integrada. Sin embargo, las técnicas que utilizamos hoy en día para criar a los niños ofrecen una serie de experiencias desalentadoras. Para un niño pequeño, los adultos parecen dotados de una gran generosidad, una eficiencia extraordinaria y capacidades sobrehumanas; solo su valor natural le impide rendirse por completo ante estas impresiones.

¡Qué maravilloso es el coraje de un niño! ¿Seríamos capaces de comportarnos como nuestros hijos si nos viéramos en la misma situación de vivir entre gigantes para los que nada es imposible? Los niños responden a las diferentes circunstancias con un enorme deseo de adquirir habilidades y superar su profundo sentimiento de pequeñez e insuficiencia; quieren a toda costa formar parte integrante de la familia. Sin embargo, en sus intentos por asegurarse el reconocimiento y encontrar un lugar, a menudo pierden el valor. Los métodos que se emplean habitualmente para educarlos contribuyen aún más a su desánimo.

El respeto por los jóvenes exige que volvamos a proponerles algo por lo que merezca la pena vivir: que volvamos a hablar de lealtad, justicia, amor, paz, honestidad, fraternidad... ¡Eso es lo que más se necesita hoy en día!

Son urgentes las palabras que hacen pensar en los valores, sin los cuales se pierde la tensión, se pierde el deseo y la alegría de vivir. Los padres educadores saben bien todo esto.

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