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La primera estampa de la Iglesia de Jesús que presenta la Biblia, se encuentra en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí están los apóstoles, los discípulos, la Madre de Jesús. El texto comenta: “Perseveraban unánimes en la oración con María la Madre de Jesús” (Hch 1, 14).
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El pasaje de Caná de Galilea es muy iluminador en lo concerniente a la oración de intercesión de la Virgen María. Una familia de Caná ha iniciado con mucho gozo la boda de dos jóvenes novios. Todo va muy bien. De pronto comienza a cundir el temor entre los miembros de la familia. Se está terminando el vino.
Que se terminara el vino implicaba una vergüenza mayúscula para la familia; sobre todo en un pueblo chiquito como el de Caná. Pero los de esa familia habían invitado a Jesús y a la Virgen María. Seguramente, la Virgen María, como mujer hacendosa, estaba ayudando a los organizadores de la fiesta. Por eso se dio cuenta inmediatamente del problema. Lo primero que hizo en esa emergencia fue acudir a Jesús. El Señor comprendió que su Madre le pedía algo extraordinario. Le respondió que no se podía, porque todavía no había llegado “su hora”, es decir, el tiempo de que se manifestara su gloria en la Cruz.
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El Apóstol Santiago es muy preciso cuando hace notar que “no sabemos” rezar, que pedimos mal. Dice Santiago: “Piden y no reciben porque piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres” (St 4, 3).
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A Pablo la cruz de Jesús no le sirvió solo para hacer piadosas meditaciones acerca del sacrificio de Jesús. Lo llevó a una seria determinación.
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La parábola del trigo y la cizaña describe al espíritu del mal movilizándose clandestinamente, al amparo de las tinieblas, mientras los campesinos “dormían”.
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Un amigo del joven san Luis Gonzaga quiso hacerle una broma.
Mientras estaban jugando alegremente, le dijo: “¿Qué pasaría si te dijeran que dentro de dos horas vas a morir?”.
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No podemos acercarnos a la Biblia como a un libro de ciencia, a una novela, a un libro de historia. Hay una gran diferencia. Aquí se está caminando sobre terreno santo. Hay que descalzarse. Ponerse de rodillas. De otra forma no se logra oír la voz desde la zarza ardiente. La voz de Dios, que “descubre sus secretos a los sencillos, y los esconde a los sabios y entendidos” ( Mt 11, 25).