Cuando Nelly y Gabriel se dieron cuenta de que estaban usando una tarjeta de crédito para pagar la cuota mínima de otra, comprendieron que la situación ya no era “algo temporal”. Las discusiones aumentaban, el dinero no alcanzaba y cada llamada del banco les recordaba que habían perdido el control. Este escenario, común en muchos hogares latinos, muestra cómo la deuda puede convertirse en un problema que toca no solo el bolsillo, sino también la convivencia y la paz en las familias.
Diversos organismos, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), advierten que el sobreendeudamiento incrementa el estrés emocional, limita la capacidad de decisión y puede afectar la salud mental y por ende desestabiliza el hogar. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) también ha señalado que cuando una familia destina gran parte de sus ingresos al pago de deudas, se vuelve más vulnerable ante emergencias y reduce sus posibilidades de crecimiento en el futuro.
Endeudamiento descontrolado
Una deuda se convierte en riesgo cuando los ingresos dejan de cubrir las cuotas mínimas, cuando se piden nuevos préstamos para pagar otros o cuando se empiezan a retrasar servicios básicos como el pago del agua o el servicio de telefonía.
Para salir del problema, la familia necesita un diagnóstico honesto. Se recomienda elaborar una lista con todas las deudas: montos, tasas de interés, fechas de pago y consecuencias del atraso. Esta claridad inicial disminuye la ansiedad y permite tomar decisiones realistas, evitando el autoengaño que suele acompañar a las crisis económicas en el hogar. Recuperar el control financiero es la meta. Acá cinco puntos a considerar:
- Atender primero las deudas más caras. Priorizar las que tienen intereses altos o las que ponen en riesgo bienes esenciales.
- Negociar con las financieras o acreedores. Muchas instituciones ofrecen reestructuraciones, ampliación de plazos o refinanciamientos antes de que el atraso se vuelva irrecuperable.
- Reducir temporalmente los gastos prescindibles. Pequeños recortes, compras impulsivas y gusto, liberan recursos valiosos.
- Buscar ingresos adicionales. Trabajos temporales, ventas de objetos en desuso o habilidades familiares pueden ayudar a cubrir pagos urgentes.
- Establecer un plan común. El diálogo familiar disminuye la carga emocional y fomenta la corresponsabilidad para que todos cooperen austeramente.
Otras de las acciones que benefician emocionalmente y espiritualmente cuando hay deudas en la familia es pedir acompañamiento de un experto o un confesor para poder sobrellevar la situación. En la tradición salesiana, la vida familiar se entiende como un espacio de acompañamiento, responsabilidad mutua y búsqueda del bien común. Afrontar las deudas con diálogo, solidaridad y esperanza transforma la dificultad en una oportunidad educativa. Una lección de vida que se espera no volver a repetir. Por ello, con organización y unidad, la familia puede recuperar su estabilidad y reconstruir su futuro con serenidad
En definitiva, gastar menos de lo que se gana es un principio inquebrantable para asegurar la estabilidad económica del hogar. Evitar deudas, salvo en casos realmente necesarios como una vivienda modesta o estudios esenciales. Y cuando las deudas ya existen, asumirlas con responsabilidad y pagarlas cuanto antes, esto no solo restaura el orden financiero, sino también la tranquilidad y paz entre los miembros de la familia.
Gasto hormiga: la fuga silenciosa
Esas pequeñas compras diarias como cafés, antojos o gastos impulsivos, parecen inofensivos, pero con el tiempo erosionan el presupuesto familiar y generan un desequilibrio difícil de notar a simple vista. Al no registrarse, provocan una fuga constante de dinero que impide avanzar hacia metas importantes como un fondo de emergencia, estudios, mejoras del hogar o el pago de deudas. Además, crean la sensación de que “el dinero no alcanza”, aumentando la frustración y la tensión emocional dentro del hogar.
Controlarlos exige un acto de conciencia. Primero identificarlos, luego sumar cuánto representan al mes y para finalizar, decidir, en familia, qué gastos reducir o mejor eliminar. Pequeños cambios, como preparar el café en casa, liberan recursos que pueden orientarse a objetivos más importantes.
Cuando los gastos hormiga dejan de gobernar el bolsillo, la familia gana tranquilidad y un camino más firme hacia su bienestar financiero.