Seguramente miró con extrañeza lo que tenía en las manos… ¡Nada más que 40 centavos! Carlo Buzzetti, el maestro de construcción y antiguo alumno del oratorio, levantó la vista y cruzó miradas con quien le había dado estas monedas. Don Bosco, con una sonrisa, le dijo: “Tranquilo. La Virgen pensará para que llegue el dinero necesario”. Y así fue. La construcción de la Basílica de María Auxiliadora en Turín es el fruto de la fe de tantas personas, pero también del trabajo incansable de Juan Bosco.
El oratorio crecía cada vez más. Ya no era el grupo de muchachitos que venían los domingos y que luego regresaban a sus casas. En 1863, año en que se comienzan las excavaciones para los cimientos de la Basílica, se calcula que en el oratorio vivían unos 700 muchachos. Los gastos del oratorio no eran poca cosa: alimentación, ropa, medicina, calefacción, materiales para la escuela y los talleres, salarios para los profesores… ¡Y todavía se le ocurre construir una iglesia! Y, para complicar más las cosas, contemporáneamente en Turín se estaban construyendo otros cuatro templos, por lo que las ofrendas de los fieles se distribuían en estas obras.
Afortunadamente, desde pequeño, Juanito Bosco recibió de su madre Margarita una actitud que lo acompañaría toda su vida, y que ella había recibido como herencia de su esposo Francisco que, cuando estaba muriendo, le recomendó a Margarita que confiara en Dios. Los momentos económicos difíciles no tardaron en llegar a la familia y la madre no olvidó estas palabras que le había dejado su difunto esposo. Don Bosco, años más tarde reconocerá que “con un trabajo infatigable, con una economía constante, aprovechando las cosas más pequeñas y con alguna ayuda verdaderamente providencial se pudo pasar esta crisis”.
Esta frase sintetiza muy bien su estilo de administración. A lo largo de su vida no escatimó esfuerzos para poder recaudar fondos para la obra salesiana y para sus muchachos. Sin embargo, en este aspecto, él reconocía muy bien que, sin la ayuda de la Providencia, todo esfuerzo hubiera sido inútil. Don Bosco confiaba totalmente en la Providencia y esto lo impulsaba a moverse para buscar los medios necesarios para el oratorio.
El caso de la construcción de la Basílica de María Auxiliadora es un ejemplo increíble de esta dinámica. Para recaudar fondos, Don Bosco visitó a tantísimos amigos y personas de la nobleza para que pudieran colaborar económicamente. Recorrió Florencia, Milán y Boloña e incluso, manda a algunos salesianos a Roma con el mismo fin. Es famosa la rifa que organizó luego de haber recaudado una gran cantidad de premios, los cuales fueron expuestos en uno de los parques de Turín. Se imprimieron un total de 167,928 números con un precio de 50 centavos cada uno, aunque no eran pocos los compradores que daban un poco más. ¡Con razón la venta de los números duró dos años!
Pero Don Bosco nunca se olvidó que todo esto venía de la Providencia y lo inculcaba a quienes colaboraban con él. Un senador, gravemente enfermo, le promete una fuerte donación mensual por seis meses si se cura. Él le promete sus oraciones y la de los muchachos del oratorio. A los tres días, regresa con lo prometido. Una pobre madre pide oración a Don Bosco por su hijo enfermo. Una vez curado, regresa al oratorio y entrega las pocas joyas que tenía como ofrenda, pero el santo, viendo su condición, acepta únicamente un anillo. Todos los días muchos fieles hacían novenas a María Auxiliadora, prometiendo alguna ofrenda si se obtenía la gracia que pedían. Al respecto, dice Don Bosco en una carta que “hasta ahora ninguno ha sido desilusionado y así tenemos en movimiento las obras de construcción”.
Después de tanto esfuerzo y de tanta fe, la Basílica de María Auxiliadora fue consagrada en 1868, apenas cinco años después de haber iniciado con los trabajos. Con gran solemnidad los muchachos del oratorio entonaron cantos de acción de gracias a Dios y muchas personas asistieron, pues se sentían parte de esta construcción. Con razón Don Bosco afirmará que “cada piedra, cada decoración de este templo es una gracia”.