En tiempos donde el valor de una familia suele medirse por los ingresos, las posesiones o la estabilidad económica, conviene recordar que la riqueza más profunda no está en lo que se guarda en la cuenta bancaria, sino en lo que se comparte cada día. La economía del hogar, entendida desde una mirada cristiana y salesiana, no se limita a administrar dinero; es, ante todo, un ejercicio cotidiano de amor, presencia y generosidad.
El papa Francisco, en Fratelli Tutti, invita a recuperar esa lógica del don que transforma las relaciones y edifica la fraternidad. En los números 91 y 92, recuerda que la vida solo se comprende plenamente “cuando se entrega” y cuando los bienes —materiales o espirituales— se ponen al servicio del otro. Esta visión ilumina también la dinámica familiar: lo que sostiene a un hogar no es únicamente lo que entra en él, sino lo que sus integrantes están dispuestos a ofrecerse mutuamente.
La riqueza que no se compra
En una familia puede haber escasos recursos materiales y, aún así, poseer una riqueza que no se compra: la de escuchar sin prisa, acompañar en momentos difíciles, cuidar de los más frágiles o agradecer lo que llega como un don. Un padre que, al final de su jornada, se sienta en el suelo a jugar con su hijo está invirtiendo en una economía distinta, una economía del corazón. Una madre que dedica tiempo a ayudar con las tareas, aunque esté cansada, está dando algo que no tiene precio. Los hermanos que comparten, aunque sea poco, están aprendiendo que la vida es más plena cuando se vive con apertura y no con cerrojos.
Así, cada gesto cotidiano se convierte en una forma concreta de dar. Algo tan simple como preparar juntos una comida, regar el jardín o cuidar a un abuelo enfermo une más que cualquier gasto compartido. La sociología familiar ha mostrado que las actividades comunes y el tiempo de calidad fortalecen la cohesión y el sentido de pertenencia, generando bienestar emocional y estabilidad afectiva (Centro de Investigación Pew, 2021). Esos bienes invisibles, aunque no figuren en un presupuesto, sostienen mejor que cualquier ahorro.
Generosidad que educa
Desde la perspectiva salesiana, dar siempre educa. Don Bosco no se cansaba de repetir que la presencia, la bondad y la cercanía eran los mayores regalos que podía ofrecer a sus muchachos. Él sabía que, cuando un joven se sabe amado, aprende a amar; y cuando experimenta la generosidad, se convierte él mismo en generoso. Por eso, las prácticas del hogar —aunque parezcan rutinarias— forman el corazón y preparan para la vida. Por ejemplo, una familia que separa tiempo para visitar a un enfermo enseña a los hijos que la vida del otro importa. Una familia que decide donar ropa aún útil a quienes la necesitan les muestra que los bienes no son para acumularlos, sino para compartirlos. Un adolescente que ayuda a un hermano pequeño con sus tareas, aunque preferiría estar con su teléfono, está ejercitando una generosidad que moldea su carácter.
Y es que la cultura del dar no está desconectada de la realidad económica. Al contrario, la complementa. Compartir tiempo, presencia o talentos no sustituye la importancia de una buena administración financiera; más bien le da un horizonte más humano. Una familia que vive esta cultura sabe distinguir entre necesidades reales y deseos momentáneos, y comprende que el valor de las cosas no depende de su precio, sino del sentido que se les atribuye.
En muchas familias salesianas se ven ejemplos sencillos pero luminosos: familias que organizan comidas comunitarias usando lo que cada vecino puede aportar o jóvenes que dedican una tarde semanal a acompañar a niños en riesgo. Son prácticas que demuestran que la economía familiar, cuando se vive desde la fraternidad, multiplica los bienes y crea vínculos más fuertes que cualquier seguro financiero.
En definitiva, construir una cultura del dar en el hogar no requiere grandes recursos, sino un espíritu dispuesto. Bastan pequeños pasos: dedicar tiempo, escuchar de verdad, compartir lo que se tiene, ofrecer el propio talento, cuidar la casa común. Quien da, siempre gana algo más grande que lo entregado.