Educar el corazón y el bolsillo: una tarea familiar que nace de la fe En la vida familiar existen aprendizajes que parecen sencillos, pero que dejan huellas profundas. Entre ellos se encuentra la manera en que se administran los bienes del hogar. No solo se enseña a rezar, a compartir o a pedir perdón; también se transmiten hábitos como organizar los gastos, ahorrar y tomar decisiones prudentes. Don Bosco solía decir: “El Señor en las grandes necesidades proporciona grandes ayudas”, una expresión que continúa iluminando a los hogares que buscan vivir con responsabilidad y serenidad.

 

La economía doméstica refleja la realidad cotidiana: lo que se pone en la mesa, los gastos escolares, las medicinas cuando son necesarias y los sueños que la familia desea alcanzar. Cuando se administra con calma y orden, el ambiente familiar se vuelve más ligero. El estrés disminuye, los conflictos se atenúan y las personas pueden enfocarse en lo esencial. Juan Pablo II lo señaló claramente en Familiaris Consortio: la familia es la primera escuela de las virtudes sociales (n. 37), y entre estas virtudes se incluye la responsabilidad económica.

 

Administrar con la mirada puesta en Dios

Para quienes viven desde la fe, la administración de los bienes no es solo una tarea disciplinaria, sino también un acto de confianza. La Biblia recuerda que “del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella” (Sal. 24,1). Esta certeza ayuda a ver cada ingreso, cada oportunidad y cada recurso como un don que debe protegerse. Administrar, desde esta perspectiva, no significa acumular, sino usar lo que se posee con sentido, gratitud y solidaridad.

Jesús exhorta a no angustiarse excesivamente por el dinero y a mantener las prioridades en orden: “Busquen primero el Reino de Dios y lo demás se les dará por añadidura” (Mt. 6,33). No es un llamado a la improvisación, sino a evitar que las preocupaciones económicas se conviertan en el centro de la vida. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia aborda este tema al hablar del “uso responsable de los bienes” (n. 359). Una familia que administra con sensatez no vive obsesionada por el dinero, pero tampoco lo desperdicia.

 

Los hijos aprenden con el ejemplo

Cuando los padres conversan sobre gastos, establecen metas alcanzables o revisan en qué pueden ahorrar, están formando más de lo que imaginan. Un niño que presencia la planificación económica del hogar aprende que cada cosa tiene un valor. Un joven que recibe una mesada y se le enseña a ahorrar y a compartir desarrolla una mirada más libre, agradecida y solidaria, preparándose mejor para su futuro. Del mismo modo, evitar compras impulsivas, reutilizar lo que aún sirve y preparar alimentos en casa en lugar de gastar en comida rápida son prácticas que educan en responsabilidad y moderación.

Al final, una buena administración es también una forma concreta de amar. Cuando una familia cuida sus recursos, cuida también a las personas que Dios ha puesto en su camino. Y cuando lo hace unida, con trabajo, oración y previsión, encuentra en lo cotidiano una paz que no se compra, pero que llena y fortalece todo el hogar.

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