Los sueños de Don Bosco, narrados como catequesis viva, siguen educando el corazón y la esperanza de los jóvenes. (ANS – Roma) - En la vida de Don Bosco, los sueños no son simples experiencias privadas, ni curiosidades místicas para relegar a la esfera de lo íntimo. Ellos se convierten, a lo largo de toda su existencia, en verdaderos instrumentos de catequesis y de educación, capaces de hablar al corazón de los jóvenes con un lenguaje inmediato y cautivador. Los estudios muestran cómo Don Bosco experimentó sueños "particulares" que lo ayudaban a leer la realidad, a intuir peligros, a discernir la voluntad de Dios. Pero sobre todo, estos sueños eran relatados a los muchachos, transformándose en ocasiones concretas de instrucción moral, espiritual y vocacional.

Aunque ricos en símbolos y a veces en imágenes fuertes o dramáticas, los sueños de Don Bosco nunca están orientados al miedo por sí mismo. Al contrario, conducen siempre a la salvación, a la misericordia y a la esperanza. Incluso cuando advierten contra el mal o sus consecuencias, lo hacen con una mirada paterna, ofreciendo a los jóvenes la posibilidad de elegir el bien y de cambiar de camino.

El célebre sueño de los nueve años es solo el primero de una larga serie. Siguen los sueños misioneros, en los cuales Don Bosco contempla tierras lejanas y pueblos que aguardan el anuncio del Evangelio; los sueños vocacionales, que lo ayudan a intuir el camino de algunos jóvenes; los sueños de aviso, en los cuales emergen peligros morales o espirituales que prevenir. Una importante introducción al estudio de los sueños destaca cómo ellos "habilitaban a Don Bosco a percibir hechos ocultos o acontecimientos futuros", sin embargo sin sustituir el discernimiento y la verificación en la realidad. Don Bosco mismo esperaba ver "cómo las cosas habrían de ir" antes de extraer conclusiones definitivas. Este equilibrio entre apertura al misterio y prudencia concreta constituye ya en sí mismo una lección de fe inteligente para los muchachos.

Para los jóvenes del Oratorio, los sueños se convierten así en una verdadera "catequesis en forma de relato". Un análisis reciente del sueño de los nueve años, por ejemplo, evidencia la presencia de elementos fuertemente educativos: el patio lleno de muchachos, la figura de Cristo, María como Maestra, la transformación de los animales en jóvenes alegres. A través de estas imágenes, Don Bosco logra hablar de pecado y de gracia, de vocación y de felicidad cristiana, sin recurrir a explicaciones abstractas o moralizantes. Las imágenes quedan impresas, estimulan la imaginación y abren el corazón a la pregunta sobre el sentido de la vida.

La misma reflexión pone de manifiesto cómo Don Bosco, creciendo, desarrolla una verdadera pedagogía de la fiesta ligada a los sueños. El teatro, el juego, la música, las celebraciones litúrgicas y los momentos de alegría compartida se convierten en la manera concreta de hacer realidad esa visión de un patio animado, donde el Señor pasa, encuentra y transforma. La catequesis no se limita a las palabras, sino que toma forma en un ambiente que educa a través de la belleza, la relación y la participación.

¿Por qué los sueños de Don Bosco aún hablan a los muchachos de hoy? Porque son historias con protagonistas jóvenes, inmersas en dinámicas muy reales: amistades, conflictos, elecciones difíciles, peligros, deseo de felicidad. Al mismo tiempo, abren la mirada hacia un Dios que acompaña, llama, corrige y protege. Para un educador, estos sueños pueden convertirse en pequeñas parábolas: ocasiones para abordar temas delicados – el uso del tiempo, las compañías, la vocación, la pureza del corazón, la misericordia – partiendo de imágenes y relatos, no de discursos moralizantes.

Así, también hoy, los sueños de Don Bosco se revelan como una forma de catequesis narrativa totalmente actual: un Evangelio narrado a través de imágenes, capaz de educar no solo la mente, sino también el corazón y la imaginación de los jóvenes. Un lenguaje simple y profundo a la vez, que continúa hablando a las nuevas generaciones e indicándoles un camino de alegría, de fe y de esperanza. 

 

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