Don Bosco corrige con misericordia y diálogo, transformando la corrección en un acto educativo que dignifica y abre caminos de esperanza para los jóvenes. (ANS - Roma) - Corregir sin humillar es uno de los desafíos más delicados de la educación. Don Bosco lo afrontó durante toda su vida, transformando la corrección en un auténtico acto de misericordia. En sus escritos y en los recuerdos de sus contemporáneos surge una convicción constante: corregir no es desahogar la irritación del educador, sino ayudar al joven a crecer. Por eso advierte: «Es más fácil irritarse que controlarse, amenazar a un muchacho que persuadirlo... debemos ser firmes pero amables, y pacientes». La corrección, para él, es siempre una obra de caridad: «Ninguna enemistad en la mente, ningún desprecio en los ojos, ningún insulto en los labios; usemos misericordia para el presente y esperanza para el futuro».

Las biografías cuentan numerosos episodios que muestran cómo Don Bosco sabía corregir con mansedumbre, inteligencia y creatividad, evitando toda forma de humillación. A veces ponía a los muchachos ante la verdad de sí mismos mediante pequeños gestos o situaciones que hacen aflorar el error sin exponerlos al ridículo; otras veces acompañaba con paciencia conflictos graves, ayudando a las personas a reconciliarse. Los jóvenes observan y aprenden: comprenden que la corrección puede ser un camino hacia la paz, no una condena.

El primer y más célebre episodio es el encuentro con Bartolomé Garelli, el 8 de diciembre de 1841, en la sacristía de San Francisco de Asís. Un sacristán, al ver que el muchacho no era capaz de ayudar en la misa, lo insulta y lo golpea. Don Bosco interviene enseguida: «¿Por qué maltratas a ese muchacho? Llámalo, es mi amigo». Lo hace sentarse junto a él, le habla con respeto, se interesa por su vida y concluye proponiendo un sencillo catecismo, comenzando con un Ave María. De una corrección violenta nace, gracias a la misericordia, una relación educativa: para Bartolomé comienza un camino de fe y amistad que se convertirá en la primera semilla del Oratorio.

Una segunda anécdota se refiere a Miguel Magone, joven vivaz y líder natural, que atraviesa de repente un periodo de cierre y tristeza. Don Bosco no lo reprende ni lo etiqueta; observa, espera y luego lo invita con delicadeza a abrir el corazón, asegurándole que solo desea su bien. Miguel estalla en llanto, confía sus dificultades interiores, es acompañado a una buena confesión y recupera la serenidad. La corrección pasa por la escucha y la confianza, no por el juicio público.

Una tercera anécdota muestra a Don Bosco dialogando con un educador inglés que se jacta de mantener la disciplina mediante castigos. Don Bosco responde con franqueza, pero sin dureza: explica que el verdadero fundamento educativo no es el palo, sino una vida religiosa auténtica, sostenida por la confesión, la comunión y la misa. Sin estos medios, afirma, uno se ve obligado a recurrir a la amenaza. El interlocutor, impresionado, reconoce la verdad de esas palabras y se marcha corregido, no humillado.

Esta misma lógica aparece en las indicaciones a los confesores y a los educadores. Don Bosco recomienda ayudar a los jóvenes a abrir la conciencia y corregirlos con bondad, porque la dureza cierra el corazón y aleja. Si un muchacho se siente juzgado, dejará de hablar precisamente de lo que importa. La corrección, en cambio, debe alentar, indicar pasos posibles y dejar siempre entrever un futuro.

De estos episodios surgen algunos criterios fundamentales de su pedagogía:

  • Calma interior: quien corrige debe dominarse a sí mismo, para no confundir la educación con el orgullo o la cólera.
  • Preferencia por el diálogo personal: cuando sea posible, la corrección debe hacerse en privado, para salvaguardar la dignidad del joven.
  • Misericordia y esperanza: el error no define a la persona; cada muchacho es más grande que su equivocación.

Esta pedagogía de la misericordia no es debilidad, sino fuerza evangélica. Don Bosco mira a san Pablo y, sobre todo, a Jesús, que corrige a los apóstoles con paciencia, soporta sus fragilidades y sigue llamándolos amigos. Este es el estilo que propone a los salesianos y a todo educador: corregir sí, pero sin humillar; llamar la atención sí, pero dejando siempre abierta la puerta de la confianza.

En un tiempo marcado por el juicio inmediato y la vergüenza pública, las anécdotas de misericordia de Don Bosco señalan un camino distinto: el de quien cree de verdad que cada joven puede volver a empezar.

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