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Que difícil es madurar... Como adultos es tan fácil destruir la vida de un niño, que, a veces, ni nos imaginamos que lo estamos haciendo. Celebrando el día del niño, me di cuenta con que facilidad podemos corromper el corazón puro y tierno de un niño, queriendo hacerlos vivir como adultos.

Hasta el día de hoy para mí era sencillo mantener a José al margen de los problemas de adultos, cuidaba mis platicas, cuidaba sus amistades, disimule incluso mis sentimientos en determinadas situaciones para que él no tuviera que lidiar con cosas, que según yo, no esta en edad de asimilar.

Sin embargo recientemente tuve un problema con la mamá de un compañero de José en el kínder y ha sido un golpe duro para él. La  mamá de su amigo  dijo cosas negativas de José y claro él me contó.

Mi primera reacción fue de mucha cólera, quería ir a tomar la situación en mis manos y exigir que se alejara a José de cualquier situación de este tipo, tanto lo había cuidado yo, como para que fuera de la casa viniera a encontrar la decepción, el rechazo y el dolor de perder a un amigo.

Pero bendito Facebook, me dio otra solución y me ayudo a redimensionar el problema, pues leí en un estado, alusivo al día del niño, que decía: “Regalemos a nuestros hijos una infancia feliz, enseñen solo cosas positivas y no enseñen a que sean resentidos, envidiosos ni egoístas. Esas son enfermedades de adultos que olvidaron cual maravillosa era la infancia”.

Fue una cachetada para mí, ¿que le iba a enseñar a mi hijo si iba a seguir peleando y discutiendo?, principalmente por algo que se olvidará pronto. 

Inmediatamente hablé con José y le dije que estas eran situaciones en la vida que siempre tendríamos que vivir, pero que dependía de él hacerlo de buena o de mala forma.

El problema no paso a más y según la profesora de José, él y su amigo siguen igual de inseparables. Aquí mi fuerte lección de ser y actuar como los niños.

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