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La iglesia ahora se deja evangelizar por el mundo... En los últimos tiempos hemos sido testigos de una situación muy dolorosa para la Iglesia. Los escándalos por abuso de menores de parte de miembros del clero han sido titulares abundantes de periódicos y noticieros.

Investigaciones hechas en algunos países europeos han hecho sangrar nuevamente la herida aún no cicatrizada que había lacerado el corazón del pueblo católico, a raíz de las numerosas y deplorables denuncias en suelo norteamericano. La cantidad impresionante de casos de pederastia descubiertos en Irlanda, sumado a otros eventos resonantes en otros países, como Alemania y Bélgica, han alimentado a placer los medios de comunicación, no sólo sensacionalistas.

Según bastantes comentarios surgidos en días pasados, a la perversa conducta de los abusos de menores habría que añadir la censurable negligencia de parte de la cúpula de las autoridades eclesiásticas, incluyendo al mismo Benedicto XVI, por haber aplicado una conducta demasiado tolerante, dando prioridad a la “buena fama” de la institución sobre el daño producido a los menores y a sus familias.

El constante bombardeo de noticias en este sentido, muchas teñidas de sensacionalismo y de polémica anticlerical, a veces falseadas por la exageración o por inexactitudes impropias de un periodismo serio, daba la impresión de obedecer a una campaña orquestada para socavar la autoridad espiritual de la Iglesia, en particular del Papa.

He leído un artículo muy interesante al respecto del tema, aparecido en el prestigioso diario italiano Corriere della Sera. Su autor, Ernesto Galli Della Loggia, descubre que hay una nueva actitud en la Iglesia, cuyo principal promotor es precisamente el Papa Benedicto, que marca un verdadero “cambio de ruta” en la conducta seguida hasta ahora por la jerarquía católica.

La Iglesia se ha despojado de su vestidura de “sociedad perfecta”, protegida por un cierto velo de inmunidad y con la prerrogativa de ser juzgada solamente desde su fuero interno, para someterse sin ambages a los dictámenes de la justicia civil. La actitud de “tolerancia cero” pedida por el Papa en los casos de abusos, se ha traducido en unas líneas claras de procedimiento: transparencia total, ayuda a las víctimas, leal colaboración con la justicia civil, denuncia de los casos cuando hay sospechas fundadas. Es un cambio radical de una conducta que obedecía al conocido proverbio de que “los trapos sucios se lavan en casa”, reflejo de dar prioridad a la institución por encima de las personas.

Las numerosas denuncias y el despliegue mediático de los múltiples casos de abuso han provocado ciertamente una reacción de desconcierto y desazón en la mayoría de los fieles, sobre todo porque los implicados son quienes están al cuidado de la grey, los propios pastores. Mas hay que reconocer también, por otra parte, que la sacudida ha generado un cambio que a la larga será sumamente beneficioso.

La Iglesia vive “en el mundo, sin ser del mundo”, vive en interacción con la sociedad humana. Anuncia y propone valores humanos y espirituales buscando el pleno desarrollo de las personas, conforme al plan salvador de Dios. Su papel es ser signo e instrumento de la presencia del Dios-Amor en el mundo. Pero se puede decir que también ella es “evangelizada” por el mundo al que es enviada, descubriendo en el curso de la historia las “semillas del Verbo”, es decir, los valores y elementos salvíficos que Dios siembra en el corazón de las personas y de los acontecimientos. Es lo que la Iglesia del Vaticano II reconoce como “signos de los tiempos”. La gran sensibilidad hacia el respeto de la dignidad de los menores es uno de ellos. Y la Iglesia ha reconocido valientemente su “mea culpa” y su firme propósito de enmienda. Hoy se ha puesto en marcha un reconfortante camino de purificación.

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